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EL QUE TIENE OIDOS PARA OIR, OIGA

   
 
“El que tiene oídos para oír, oiga”
Mateo 13:9


Esta es una de las expresiones características de nuestro Señor Jesucristo, que siempre me ha llamado la atención. ¿Será que una frase tan sencilla, pero que a la vez tan imperativa y elocuente, encierra un profundo mensaje dirigido desde el cielo a la tierra?

De hecho todos tenemos oídos y la función de aquel órgano es para oír. ¿Por qué entonces El Señor presenta un mandamiento que tal vez nuestra humana racionalidad lo catalogaría como Perogrullo?

Cuando meditamos en el mensaje de Dios a través de nuestro Señor Jesucristo, observamos algunas expresiones que atentan a la orgullosa razón del hombre, porque apuntan directo al corazón, y no me refiero al músculo que bombea la sangre, sino que al alma del individuo.
Esta expresión que estamos analizando, fue el sello de la primera de las parábolas del Señor Jesús; El sembrador. Lo curioso y a la vez sorprendente de aquella parábola, es que descubrimos que en medio de la siembra, parte de la semilla cayó en cuatro distintos lugares, que por cierto tres de los cuales eran absolutamente inapropiados para la siembra. Es absurdo pensar que el sembrador haya querido sembrar en el camino, entre espinos o pedregales.
Sin dudas, la siembra para que produzca buena cosecha, debe ser realizada en buena tierra, labrada y tratada de antemano por un experto. He aquí donde surge esta pregunta: ¿Acaso fuimos nosotros buena tierra en sí mismos, haciéndonos aptos para recibir la semilla y dar fruto cual a ciento, cual a sesenta y cual a treinta por uno?
La respuesta es concluyente: NO. Sin duda que fue Dios, cual labrador, quien preparó de antemano la tierra para que la semilla fructificara. La iniciativa jamás ha sido del hombre, sino que de Dios.

Ahora surge la segunda pregunta, y que revela el sello de la clásica expresión de nuestro Señor Jesucristo. ¿Quiénes tienen oídos para oír? La pregunta es muy similar a la que formula Dios a través del profeta Isaías: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? (Isaías 53:1)
La respuesta la da el mismo Señor Jesucristo: “El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado” (Mateo 14:11). No todos tienen oídos para oír, a menos que el Señor abra el entendimiento y el corazón, tal cual como lo hizo con Lidia (Hechos 16:14)
Amados, nuestra conversión es fruto de la intervención de Dios en nuestras vidas. Oímos el evangelio porque nos fue dado (por gracia) el entendimiento, porque Dios abrió nuestros oídos, nuestra mente y nuestro corazón. No en vano dijo el Señor: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44)

PEL2006
 
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