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LA LEGÍTIMA HUMILDAD

   
 
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Si existe una virtud de lo alto que desparece fugazmente cuando un individuo dice poseerla, esa es justamente la humildad. Aquel que es humilde, no se da cuenta de su virtud.
La humildad muchas veces es presentada como sinónimo de pobreza o indigencia, sin embargo, en su origen más exacto no tiene mucho que ver con esa versión popular. La etimología de la palabra “humildad” nos indica que proviene del latín “humilis” derivado de “humus” que significa Tierra. Según estos datos, podríamos decir que significa “inclinado a tierra”, en otras palabras, es la virtud que proviene de lo alto y que permite que las criaturas se inclinen ante Dios y se ubiquen ante él.

La humildad es el concepto de ubicación del hombre ante Dios y ante su prójimo. Recordemos las palabras de Salomón:
“Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras” Eclesiastés 5:2b
Este pasaje es una clara invitación a la humildad, es decir, a “ubicarse”. Dios es santo, él está en el cielo, pero nosotros, somos pecadores y estamos en la tierra. Es el reconocimiento de aquella brecha causada por el pecado y que el único que la puede acortar, es el Señor Jesucristo (comp. 1.Tim. 2:5)
Una de las tantas secuelas que ha dejado el pecado en la naturaleza caída del hombre, es la absoluta carencia de humildad, es decir, no seremos genuinamente humildes, a menos que Dios nos enseñe a ello y nos impute de su virtud en nosotros.
Dios es el único que puede proceder a enseñarnos nuestras propias debilidades, incapacidad e incompetencia a través de errores, defectos, situaciones difíciles y fracasos por causa de nuestros pecados. “Una persona es humilde cuando reconoce que no tiene en sí mismo, ni por su preparación, ni por su experiencia, la sabiduría, el conocimiento, la competencia y las fuerzas necesarias para cumplir la voluntad de Dios” (La Humildad -27 Agosto 2008 — C. Salazar).

La humildad no tiene nada que ver con nuestra vestimenta, si esta es espléndida o harapienta, tampoco tiene que ver con la manera de hablar, si con vehemencia o con voz parsimoniosa, ni menos con un asunto socioeconómico; pobre o rico. La humildad es transversal, es decir, uno puede ver esta virtud en personas muy acaudaladas o pobres, sin embargo, a veces, los rasgos de carencia de humildad y abundancia de su antónimo, la soberbia, se ve mucho mas frecuente en personas de escasos recursos. Es decir, es mucho más fácil encontrar un pobre soberbio que un rico humilde.

Desde los albores de la creación, Dios nos insiste en nuestra ubicación o humildad. Por ejemplo, en el génesis vemos que las consecuencias del pecado fueron la soberbia del hombre y la pérdida absoluta de la humildad. Ya el hombre no dependería de Dios, sino que de sí mismo. Había sido cambiada la adoración al Creador por la adoración a la criatura (comp. Rom.1:25). Dios le dice al hombre recién caído:
“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” Génesis 3: 19
Esta divina declaración, viene a ser como una inmensa bofetada a la soberbia y altivez del hombre. Es como una tremenda exclamación desde lo alto que nos evoca nuestro origen a fin de ubicarnos ante el Creador.
Que bueno es recordar que provenimos de la tierra y que a ella volveremos. En eso consiste la legítima humildad; en reconocer nuestra naturaleza y nuestro origen, es decir, volver a ubicarnos junto a la tierra.


Recordemos aquel pasaje que el apóstol Pablo rememora de los escritos de Isaías y Jeremías, cuando dice:
“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” Romanos 9:20
Este texto es una gran lección para nuestra humildad (ubicación). Es menester preguntarnos ¿Quién soy?, para aprender la humildad. De esta manera, cuando nos veamos confrontando insolentemente a Dios, digamos “¿Quién soy para altercar con Dios?”, por otra parte, cuando nuestra relación con mis hermanos este tan deteriorada que solo veo sus defectos y bajezas, podamos preguntarnos “¿Quién soy para juzgar a mi hermano?” “¿soy acaso mejor que ellos?”

La humildad es una virtud que proviene del cielo. Nosotros no somos capaces de ser humildes por aplicación de sermones o por la fuerza. Si procedemos, cual obrero, a trabajar arduamente para ser humildes por fuerza humana, tarde o temprano fracasaremos y la soberbia nuevamente se desparramará como tempestad sobre nosotros y sobre los que me rodean. La humildad no es parte del esfuerzo humano, es un don de Dios.

DIOS DA GRACIA A LOS HUMILDES
Desde la misma caída del hombre, comienzan sus recorridos unos caminos paralelos llamados Religión y FE. Ambos son muy parecidos, pero no son lo mismo. Uno glorifica a Dios, el otro al hombre; uno entroniza a Dios, el otro al hombre; uno reconoce su bajeza, el otro ostenta su altivez de espíritu; uno corre tras la salvación por obras, el otro por gracia por medio de la fe.
Estos caminos paralelos, transitarán juntos hasta que llegue el día en que Dios restaure todas las cosas. Es la simiente de Dios y la simiente de la serpiente (Gén. 3:15) que transitan por caminos parecidos, pero sus propósitos, sus objetivos, sus principios y formas son diametralmente opuestas,

Respecto a la religión, podemos declarar con suficiente argumento histórico y en forma categórica, que es una verdadera fábrica de soberbios y exterminio de la humildad. Es esa diabólica amalgama que tuvo que confrontar el propio Señor Jesús durante su ministerio terrenal.

Nuestro bendito Señor Jesucristo vivió en carne propia las artimañas letales de la religión. Lo curioso de su ministerio, es observar que no fue el judío común y corriente quien resistía su enseñanza; no fue el labrador, el agricultor o el curtidor, quien elevaba argumento en contra del Salvador, sino que fueron los religiosos de la época. Aquellos que profesaban ser sabios, distintos, dignos de Dios y ejemplo a los demás, fueron los acérrimos enemigos del Señor Jesucristo.

A estos Dios les declara:
“Dios resiste a los soberbios” Santiago 4:6
“Dios…al altivo mira de lejos” Salmos 138:6
La soberbia (carencia de humildad) es una barrera, es una resistencia u oposición a la perfecta relación con Dios. Así fue la armadura que los fariseos le demostraban al Señor Jesús. Una coraza de soberbia que transforma al hombre en un semi dios y lo pretende entronizar por sobre Dios. Es la calcada comedia protagonizada en los inicios por el padre de todas las religiones; Satanás, promotor de toda soberbia y que no conoce en lo absoluto la humildad.
“Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” Isaías 14:13-14
No obstante, existe una simiente de Dios. Aquellos renacidos por su voluntad y que se ajustan a la segunda parte de los versículos citados anteriormente:
“Dios… da gracia a los humildes” Santiago 4:6
“Dios… atiende al humilde” Salmos 138:6
A diferencia del trato que Dios establece con los soberbios religiosos, la situación con los que reconocen sus debilidades y miserias, es muy diferente.
El pasaje de Santiago habla de que Dios da gracia a los humildes, es decir, que Dios concede sus favores NO merecidos, a aquellos que reconocen su ubicación delante de su Creador. Dios deposita la excelencia de su poder, en los humildes, en los ubicados, en los humillados, en aquellos que temen, cual Juan el bautista, aún desatar el calzado de los pies de Cristo.
Mientras que los hombres continúan pensando que Dios otorga sus favores en virtud de los méritos humanos, de lo que se haga o se deje de hacer, la Biblia contrariamente a ello, enseña que sus favores siempre son inmerecidos (gracia). Reconocer esta única verdad, es la base de la legítima humildad. El hombre humilde reconoce su bajeza y que todo es solo por gracia y en ella esta su delicia. Recordemos aquella parábola que el Señor Jesús entregó respecto a esto:
“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.” Lucas 18:13
Este relato presentado por el Señor Jesús, nos ilustra de una manera precisa y clara, aquellos dos caminos paralelos que se nombraban antes. La religión y la fe. La soberbia y la humildad. El hombre altivo y aquel humillado ante su Creador.
El publicano era un hombre aborrecido por la religión imperante de la época, sin embargo, fue justificado por su humildad, en otras palabras, fue él quien se ubicó delante de Dios y reconoció sus propias miserias, no así el letrado y altivo fariseo. Dios da gracia al humilde y resiste al soberbio.

JESUS: EL MAESTRO DE LA HUMILDAD.
Pero sin duda, nuestro mejor ejemplo de humildad y enseñanza al respecto, es nuestro Señor Jesucristo:
“…aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” Mateo 11:29
No es fácil entender que Jesús, siendo el Cristo, el Hijo de Dios o encarnación de Dios, haya experimentado la humildad, siendo que en el no había pecado ni miseria. Ante esta interrogante, la única conclusión coherente, parte de la base de que nuestro Salvador se identificó de tal manera con nosotros, que asumió nuestra debilidad y condición, pero sin pecado. Pablo presenta esto de la siguiente manera:
“y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” Filipenses 2: 8
Cristo con toda su potestad y santidad, nos deja una tremenda lección de la legítima humildad y como lo presenta el pasaje de Mateo; “humilde de corazón”. Esto confirma que su humildad no era solo un título ni una promesa de palabras, sino que la genuina virtud manada de su corazón.
Esta humildad experimentada por Cristo en la tierra le permite ahora, cual sumo sacerdote en los cielos, compadecerse de nuestra miseria. Hebreos lo declara así:
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado
Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad;” Hebreos: 4:15 / 5: 1-2
Al leer esta colosal declaración, nos permite revisar nuestra propia vida y preguntarnos ¿si Cristo, nuestro sumo sacerdote se compadece de nuestra condición, quiénes somos nosotros para no proceder de la misma manera?
Cristo es el verdadero y único maestro de la verdadera humildad. No hay nadie como él y solo él será nuestro refugio y consuelo en los momentos de prueba y soledad. El es el único que se compadecerá de nuestra condición y bajeza, y jamás se ruborizará cuando escuche nuestras confesiones derramadas a sus plantas. Somos nosotros quienes nos olvidamos que somos polvo, pero él no.
“Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo” Salmos 103:14
El hombre humilde tiene una fuerte convicción de su condición y recuerda que es polvo. Si queremos aprender a ser humildes como nuestro Maestro, debemos ver como él anduvo en esta tierra. Comió con pecadores, con borrachos, con prostitutas y publicanos. Perdonó a la adúltera, sanó a una Sirofenicia y salvó a un delincuente condenado a muerte.
No obstante ante tan tremendo inventario, los hombres carentes de toda humildad, insisten de manera insolente, en elevar virtudes y méritos delante de Dios a fin de apedrear a sus hermanos. La humildad, nos lleva a mirar a los demás bajo la óptica de nuestra propia miseria y a ocultar las bajezas de nuestros hermanos. La humildad nos lleva a hundirnos más que a elevarnos por sobre los demás. Mientras mas nos acercamos a Dios, es mayor nuestra humildad (ubicación) ya que se hacen más notorias nuestras debilidades y miserias.

Entre más nos acercamos a Dios y conocemos la profundidad de su gracia, más es el convencimiento de nuestra incompetencia. Esta fue la experiencia, por ejemplo de Isaías, María y Pablo, entre otros, veamos:
ISAÍAS : “ Entonces dije: ¡Ay de mí que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6: 5)
Este relato nos habla de la experiencia tenida por el profeta, a quien se le dio la gracia de contemplar la gloria de Dios en aquella excelsa imagen. Inmediatamente después que Isaías observó la santidad del Señor, reconoció su pecaminosidad e incompetencia. Es decir, se ubicó delante de su Creador (humildad)
MARÍA : “ Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva” (Lucas 1: 46-48)
Entre muchas mujeres, Dios escogió a María para otorgarle la gracia de que en su vientre, iba a ser concebido el Señor Jesús por obra del Espíritu Santo.
Cuando María entendió la gracia que le había sido dada, inmediatamente confesaba su propia bajeza y su alma engrandecía al Señor, su Salvador. Es decir, se ubicó delante de su Creador (humildad)
PABLO : “ Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Corintios 15:10)
Al parecer, el apóstol Pablo fue el más grande expositor de la gracia de Dios y la incompetencia del hombre. En el relato anterior le vemos reconociendo que lo que él es, se debe a la gracia de Dios obrando en él. Es Pablo quién enseñando del pecado, se reconoce como el primer pecador ( 1 Timoteo 1: 15), como un incompetente por él mismo (2 Corintios 3:5), y como vaso de barro sin atractivo (2 Corintios 4: 7), para que la gracia de Dios sea exaltada en todo. Es decir, se ubicó delante de su Creador (humildad)

Es triste ver hoy en día, una gran cantidad de predicadores que utilizan los púlpitos para autoreferirse, predicándose ellos mismos. La mayoría de sus sermones lo componen sus experiencias personales, su ejemplar vida piadosa y una ostentosa familia feliz, produciendo en la feligresía una verdadera devoción por estos hombres que se presentan inmaculados, infalibles y dignos de imitar. Sin duda, estos ídolos de arena, erigidos por las propias membresías que necesitan un caudillo que les afirme sus débiles convicciones, están eclipsando al único que debiera ser el centro y punto de mira en todo lugar de reunión; al Señor Jesús.
El nombre del Señor Jesús, ha pasado en muchos lugares, a ser un verdadero pretexto en medio de una incesante disertación sistemática de los “curriculum” de cada uno de estos vanidosos predicadores que han adoptado la “teología del YOYO”, osea, “YO HICE ESTO, YO SOY ASI, YO TENGO ESTO, YO PIENSO ESTO”, etc. Nunca se refieren a su incompetencia o a exaltar la gracia de Dios. Es decir, no se ubican delante de su Creador porque carecen de toda humildad.

EL HOMBRE: EXAMEN REPROBADO
De más esta decir que nuestra carrera de la humildad va a terminar el día en que Cristo nos venga a buscar y seamos por fin transformados. En esta naturaleza defectuosa, la humildad es un constante examen reprobado.
En lugar de recordar frecuentemente nuestra condición y de que somos polvo, nuestro engañoso corazón nos convence a menudo de que somos modelo de madurez y crecimiento, olvidando nuestras bajezas y fracasos del pasado, y en lugar de ubicarnos de donde nunca debiéramos salir, saltamos a una especie de altar o vitrina para que todos nos vean y aprendan de nosotros. Es la minúscula porción de levadura que leuda toda la masa, que fermenta, que se infla y que afecta nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.
En esa reprobación en cuanto a la humildad, somos capaces, como dijo Cristo, de “colar el mosquito y tragarnos el camello” ya que la extraña ceguera que produce el pecado de la soberbia (ausencia de humildad), permite ver la paja en el ojo del hermano, pero no localizar la viga en el propio.

La soberbia, nos transforma en energúmenos con Biblia bajo el brazo, capaz de lapidar despiadadamente y sin misericordia a quien no se ajuste a nuestros códigos religiosos. Sin humildad, se exige, pero no se practica. Se pide, pero no se da. Se habla, pero no se calla. Se enseña, pero no se acepta ser enseñado. Se perdona, pero no se pide perdón. Sin humildad, la fe se vuelve religión y la gracia es reemplazada por méritos, por reglas y fórmulas para agradar a Dios.

La Biblia nos invita a congregarnos en pos de la legítima humildad y lejos de aquella fastidiosa actitud altiva que se vuelve en contra nuestra y cuyo síntoma es el alto concepto de sí mismo y la pésima opinión e intolerancia hacia los demás. Veamos:
“…a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura” Romanos 12:3

“…no altivos, sino asociándoos con los humildes” Romanos 12:16
La humildad verdadera consiste en no tener un alto concepto de sí mismo, en no ser jactancioso o altivo de espíritu. Por lo general, este es un examen a menudo reprobado y es por eso la necesidad de estar mas junto al Salvador quien es el verdadero manantial que nos puede empapar de su humildad.

¿Cómo mirar a los demás y sus errores?
La Palabra de Dios presenta una potente y solemne instrucción acerca de cómo mirar a los demás sobre la base de mirarse a sí mismo con la virtud de la legítima humildad. Cristo dijo:
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” Mateo 7: 1-5
Las palabras claves para entender esta enseñanza del Señor Jesús, son PAJA Y VIGA. Bien sabemos que la paja es comparativamente más pequeña que una viga. La paja es una rama, mientras que la viga es un tronco. Por consiguiente y en base a este análisis, comprendemos que la enseñanza se basa en mirar a nuestros hermanos considerando nuestra propia bajeza antes de ver la del hermano. Y no solo eso, la instrucción incluye la cruda realidad de que nuestros propios pecados y flaquezas son, a veces, mayores o mas notorios que los de nuestros hermanos, de manera que con esta fórmula divina, el único camino es la humildad, es decir, “ubicarnos” y jamás sentirnos mejor o mas “santos” que los demás.
Primero es necesario ver y convencernos de nuestras propias miserias, antes de juzgar a los hermanos por las suyas. De lo contrario, viene a ser un triste espectáculo de soberbia (ausencia de humildad) y alto concepto de si propio de la hipocresía.
El apóstol Pablo en la misma línea, enseña a los Gálatas:
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro; porque cada uno llevará su propia carga” Gálatas 6: 1-5
El texto señala que ante los errores de los demás, primero es necesario ponerse ante el espejo y verse a sí mismo, es decir, reconocer humildemente la propia condición y origen terrenal, tan igual como la de nuestros hermanos, es decir, tanto yo como el o ellos; “somos” pecadores. No se puede pretender corregir o instruir a alguien olvidando mi condición y mi origen. Son estos momentos cuando en nuestros corazones debe sonar mas fuerte que nunca la voz del Señor cuando dice:
"…pues polvo eres, y al polvo volverás” Génesis 3: 19
Como hemos mencionado, la legítima humildad consiste en ubicarse delante de Dios y de los demás. De esa manera, cuando observemos los errores de los hermanos, la actitud no será la de un juez o un inquisidor frente a un acusado, sino que, la de un hermano legítimamente humilde e interesado en “restaurar” más que de condenar o lapidar.
Por otra parte, el texto de Gálatas habla justamente de “sobrellevar” las cargas recíprocamente, es decir, considerando y aceptando en el corazón que “todos” tenemos errores y que estamos siendo faenados y cincelados por la mano del “Maestro”. Nadie puede decir, yo estoy perfecto o terminado; es necesario imaginarse, al igual que las calles en construcción, que todos portamos a nuestra espalda un rótulo que versa así: “ruego disculpar las molestias causadas, pero Dios esta trabajando aquí”. Esta es la ley de Cristo.
Además, el texto se agrega que quien no se mira a si mismo, se olvida de que no es nada y así mismo se engaña, por lo tanto, es necesario poner a prueba nuestra propia condición y actuar delante de Dios y delante de los demás, para no volvernos jactanciosos y soberbios, careciendo de toda humildad que nos permite ubicarnos en el lugar de donde nunca deberíamos salirnos.

Otro pasaje que es de verdad sorprendente respecto al punto de cómo mirar a los demás y sus errores sobre la base de la legítima humildad, es el que el mismo Pablo les dice a los Filipenses respecto a la experiencia de nuestro Señor Jesucristo:
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” Filepenses 2: 3-5
En primer lugar, el texto señala que “nada” se haga por contienda o vanagloria. Por muy bien intencionado o bíblico que parezca algo, si no se hace sobre la base de la legítima humildad, no se debe hacer, ya que los resultados son, o la contienda o la vanagloria. Es por eso que en seguida, la instrucción pone la conjunción “antes bien”, es decir, en lugar de lo anterior, se debe hacer todo con humildad, en otras palabras, primero es necesario ubicarse muy bien delante de Dios y de los hombres y luego, proponer, sugerir o hacer algo “para o por El Señor”. Es mejor no hacer, que hacer por contienda o por vanagloria, de ahí la necesidad de que cada uno pruebe constantemente su propia obra. Así como escribió Santiago:
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” Santiago 3:13
También la invitación reviste una demanda expresamente alta; “mirar a los demás como superiores a uno mismo”. Esta instrucción divina choca frontalmente con los códigos de nuestro pecaminoso corazón, ya que las secuelas del pecado ofrecen justamente lo contrario; “ponerse sobre los demás”.
Cuando vemos este glorioso entrenamiento, se vuelve más grande la convicción de nuestra bajeza. Porque podemos adquirir conocimiento, porque podemos desplegar los máximos esfuerzos humanos para “agradar a Dios”, porque podemos postular a los mas elevados deseos de santidad personal y de los otros, pero si no miramos a nuestros hermanos como a superiores a nosotros mismos, nuestro “noble” sudor solo es un rebajado espectáculo de producto humano para vanagloria nuestra, y eso, se quemará en el tribunal de Cristo.

Mirar a los demás y sus errores sobre la base de la legítima humildad, consiste primeramente en mirarse a sí mismo; contemplar nuestro propio pecado antes de observar inquisidoramente el de nuestros hermanos. De lo contrario, la humildad ha sido reemplazada por la soberbia y la autenticidad por la hipocresía. Una iglesia, sin el bálsamo de la legítima humildad, es simplemente
un centro de reclutamiento religioso para cumplir leyes y códigos legalistas, cuyo único y oculto propósito es, sigilosamente entronizar al hombre y sacarlo de su condición y de su origen pretendiendo, cual antigua escuela del pecado, presentar “méritos” delante del Dios creador.

La legítima humildad nos vuelve hacia la gracia de Dios, que nos recuerda que fuimos rescatados en el pasado “sin merecerlo”, que servimos en la iglesia en el presente “sin merecerlo” y que seremos glorificados en el futuro para toda la eternidad “sin merecerlo”.
La Legítima humildad nos permite ver primero nuestra propia viga en nuestro ojo, antes de ver la paja en el ojo de nuestros hermanos.
La legítima humildad, nos permite tolerar mas que murmurar, esperar mas que actuar, menguar mas que elevarse por sobre los demás.
La legítima humildad nos lleva a la tierra, a humillarnos y a crear una gran convicción de nuestro propio pecado.
Que Dios nos ayude y nos dispense de su legítima humildad en nuestras vidas, a fin de enmendar errores, cubrir multitud de pecados y continuar la caminata hacia nuestra patria celestial. Que así sea. Amén.

PEL2009


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